Compañía de Tomás Vidiella

(1975-2003)

Con la compañía El Túnel, los hermanos Tomás y Eliana Vidiella acumularon un capital valioso y poco frecuente en nuestras tablas al generar un público fiel que aplaudía y seguía su estilo de hacer teatro. La idea nacida en El Túnel de teatro-espectáculo, donde el estímulo al público es considerado lo más relevante de la construcción espectacular, estaba en sintonía con lo que Tomás quería seguir explorando y explotando. Nace la Compañía de Tomás Vidiella, nombre que, más que un ejercicio de ego, está destinado a entregar una señal inequívoca para el público. En perspectiva histórica, la estrategia utilizada arroja un balance positivo, con enormes éxitos de público, aunque los contados fracasos significaron caídas de difícil recuperación.

En 1975 presenta Los siete espejos de Isabel Allende. El éxito rotundo lo alcanzan al año siguiente con Cabaret Bijoux, melodrama original del argentino Alfredo Zema en adaptación de José Pineda. Por el atractivo de su escenificación que da realce a este género popular y por la cantidad de público convocado, incluso con llenos en el Teatro Caupolicán, es considerada una obra paradigmática de la escena chilena, manteniéndose por años en cartelera con sucesivas reposiciones. El modelo de la compañía producía un excelente flujo de dinero, que rápidamente era reinvertido en el teatro y en las siguientes producciones. Hacia 1977 remodelan el Teatro Hollywood en Av. Irarrázaval donde preparan y estrenan Fausto shock, de Jaime Silva. El Teatro Hollywood era a esa altura una empresa compleja, con diferentes talleres y departamentos especializados en cada área de producción (departamento de costura y vestuario, camarines acondicionados para grandes elencos, talleres de escenografía, oficinas de administración), bajo la coordinación de Tomás Vidiella. La temporada de Fausto shock –un espectáculo inspirado en Fausto de Goethe, con elenco multitudinario, gran despliegue de vestuario, escenografía, música, efectos visuales- fue muy exitosa, aumentando la leyenda en torno a los Vidiella.

El círculo virtuoso parecía irrompible y Tomás decide embarcarse en la aventura de montar La ópera de tres centavos (Brecht-Weill) bajo la dirección de Eugenio Guzmán, uno de los directores más renombrados de la escena nacional y quien ya había puesto en escena la obra en 1959 en el ITUCH. El resultado, pese a todo, fue un fracaso comercial, dejando mal parada a la compañía. Para Tomás Vidiella la caída fue dura, ya que se trataba de un proyecto personalísimo que le permitía una mixtura entre generar recursos para la sustentación económica de proyectos a gran escala, y lograrlo sobre la base de repertorios reconocidos y valorados por los cánones académicos. También debió dejar la sala Hollywood, perdiendo un importante punto de sustento y proyección.

Respondió al impasse con un montaje de mayor atrevimiento, reuniendo nuevamente un equipo de excelencia. 80 mil hojas, obra basada en la vida del excéntrico millonario Howard Hughes, con dramaturgia de José Pineda, música de Luis Advis y diseños de Ricardo Moreno, buscaba reencantar a su público. Presentada en el Teatro Cariola en 1980 (que antes había acogido con éxito reposiciones de Cabaret Bijoux), Tomás Vidiella se encuentra ante un nuevo fracaso comercial, lo que lo obliga a dejar su faceta de gestor y trabajar con empresarios teatrales que privilegian la mirada comercial.

A finales de 1982 inicia, junto a Eliana Vidiella, una nueva etapa de su carrera. Arriesgando todo su capital, los hermanos Vidiella compran y arreglan una propiedad en el entonces despoblado barrio Bellavista, para instalarse con el Teatro el Conventillo. Durante más de 20 años administraron este espacio con gran despliegue creativo, sacando el máximo partido a sus procesos productivos, equilibrando la cartelera para obtener rentabilidad y satisfacer sus idearios artísticos. También fue un espacio abierto para creadores y compañías jóvenes.

En 1983 presentan el primer estreno del Conventillo, el vodevil Un sombrero de paja de Italia (Labiche), espectáculo de grandes dimensiones con el que impactan al público. Pero no todo fue espectáculo, los hermanos Vidiella diversifican su mirada y se acercan a creadores emergentes: presentan en 1986 una impecable versión de La muerte de un vendedor de Arthur Miller con dirección de Willy Semler, y en  1987 El avaro de Molière, con dirección de Ramón Griffero. Vidiella le entrega total libertad creativa al joven Griffero, quien actualiza el clásico en clave postmoderna. Afortunadamente la apuesta resulta artísticamente exitosa y convoca a numeroso público, lo que da cuenta de un Vidiella siempre disponible para tomar riesgos, un verdadero animal de teatro como lo definen algunos colegas.

Entre los montajes que destacaron en la extensa cartelera de El Conventillo podemos nombrar El zoológico de cristal (Tennessee Williams, 1999) y La profesión de la señora Warren (Bernard Shaw, 2002). En el 2003 los hermanos Vidiella abandonan el proyecto del Conventillo, vendiendo el terreno a un proyecto inmobiliario. Tomás se ha mantenido activo a través de administraciones temporales de otras salas y su destacado y constante trabajo como actor de teatro, cine y  televisión. Para la historia de nuestra escena queda la gran contribución que han realizado los hermanos Vidiella al ir abriendo líneas teatrales, circuitos y puertas para las futuras generaciones. 

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