Teatro La Provincia

(2003-...)

Aunque formalmente Teatro La Provincia se constituye en el año 2003, su director y figura central, Rodrigo Pérez, está vinculado al teatro chileno, como docente, director y actor,  desde mediados de la década de los 80. Licenciado en sicología de la Universidad de Chile y luego como actor del Club de Teatro de Fernando González, sus primeros pasos en el mundo del teatro los da como actor en los montajes del naciente Teatro de Fin de Siglo (Cinema Utoppia, 99-La morgue), el cual trabaja, bajo la conducción de Ramón Griffero, desde una estética divergente para la época. Allí se encuentra con Alfredo Castro, a quien luego acompaña como actor de la compañía de Teatro La Memoria en prácticamente todos sus montajes. Su trabajo como docente se inicia tempranamente en la Universidad de Chile y en el Club de Teatro, donde explora metodologías de dirección y estéticas que integren su formación plural.

Entender el trabajo de Rodrigo Pérez implica necesariamente comprender un mundo donde se aglutinan y entrelazan diferentes capas formadoras, intersectadas por la fundamental influencia del modelo de teatro europeo, especialmente el alemán. Becado por el Goethe Institut hacia finales de 1988 y principios de 1989, trabaja en teatros de las ciudades de Colonia, Stuttgart y Esslingten, conociendo en profundidad un método de trabajo que más tarde actualiza en nuestro medio.

Hacia mediados de la década del 90, Pérez inicia un trabajo de dirección con rasgos autorales que lo distinguen en el abanico teatral. Con Claudia di Girólamo en escena, presenta en 1993 el aplaudido monólogo El vicio absurdo (basado en textos de  Virginia Woolf, dramaturgia de Roberto Baeza). En 1994 Pérez nuevamente coloca a di Girólamo como protagonista de la aplaudida versión de El malentendido (Camus). Ambos trabajos se caracterizan por espacios despojados, ambientes íntimos que facilitan la comunión con el espectador, preponderancia de la palabra y simplicidad de recursos.

Los trabajos de dirección de Pérez empiezan a ser valorados y, pese a contar con un equipo de profesionales de manera relativamente estable, no tiene la intención de enmarcarse dentro del esquema de compañía. Por el contrario, Pérez acepta trabajos como docente en diversas escuelas y se hace cargo de numerosas puestas en escena para teatros institucionales y festivales de dramaturgia. En 1995, dos puestas en el Teatro Nacional Chileno destacan por la versatilidad que muestra el director; con La zapatera prodigiosa (García Lorca) logra un lúdico espectáculo que aprovecha al máximo las capacidades de un elenco joven y talentoso, revitalizando esta farsa con intervenciones coreográficas y musicales de gran dinamismo. También estrena la versión completa de Ofelia o la madre muerta (de la Parra), de la que ya había presentado un adelanto en la primera Muestra Nacional de Dramaturgia, que recentra el drama de Hamlet en el personaje femenino. El texto de de la Parra lo enfrenta a un complejo mundo que mezcla estados oníricos de profunda reflexión y alusiones a la sociedad chilena y su aún frágil democracia, lo cual es sorteado con éxito por el director, quien privilegia la construcción de personajes con múltiples capas, contradictorios en sus acciones, relevando la hondura sicológica en un espacio dominado por un simbólico vacío.

Pérez ya es parte del selecto grupo de teatristas que construyen desde una poética particular. Él mismo empieza a definir sus prioridades para llevar obras a escena, poniendo en contacto polos políticos, estéticos y sicológicos. “En mi trabajo intento hoy recuperar el discurso en la escena. Recurro al texto como punto de partida en mi trabajo de dirección. Intento que el texto (que parte siendo literatura) se convierta en discurso provocador de sentido en tanto sobre la escena se ubica dentro de una estructura y un contexto (…) en la puesta en escena aparece hoy el texto como soporte de los demás signos escénicos. (…) creo que el teatro como arte ha abandonado la idea de ilustración. (…) La relación de cuidado hacia el actor es fundamental, ya que el nivel de exposición y de peligro de los actores durante el proceso de creación es inmenso. (…) Mi trabajo como director no consiste sólo en poner en escena sino en apoyar al actor en su proceso de conocimiento o autoconocimiento” (Pérez: 23,25).

Los últimos años de la década de los noventa y los primeros del 2000 son de apretada agenda para el director, siendo normalmente convocado por diferentes escuelas y festivales. En ellos va afinando una poética donde la palabra se transforma en la herramienta central del actor para la transmisión de un estado, más que de un mensaje. Enfrenta puestas en escena de gran resonancia como Akenatón (Azama, 1997, TEUC), Fantasmas borrachos (Radrigán, 1997, TNCH), El coordinador (Galemiri, 2000, TNCH) y Digo siempre adiós y me quedo (Radrigán, 2002, TEUC), los cuales al interior de estas instituciones universitarias de gran tradición, responden completamente al ideario del director. En forma paralela desarrolla de manera independiente montajes que se introducen en sus obsesiones particulares, como Madame de Sade (Mishima, 1998) y una versión propia de Medea (2001).

Provincia señalada, una velada patriótica (2003, con dramaturgia de Javier Riveros), marca el inicio formal de la compañía La Provincia al mezclar frontalmente historia política reciente de nuestro país con un tratamiento estético cada vez más despojado y duro. Además, con ella inicia una relación estable con la reconocida teórica Soledad Lagos, quien tendrá participación relevante como dramaturgista en los siguientes proyectos de Pérez. El proyecto ético-estético de la naciente compañía es realizar un acercamiento a través del teatro a  la dimensión política y cultural del país, desde un punto de vista de la herida-huella social que ha dejado la historia reciente de Chile.

En el 2005 La Provincia alcanza una cumbre de creación al conseguir financiamiento para un proyecto de largo aliento y profunda reflexión, una trilogía titulada Patria que debe entenderse como el cuerpo social y sus antecedentes anclados en referentes psicológicos. Cuerpo (2005) pone en escena fragmentos testimoniales recogidos de los informes evacuados por las comisiones oficiales de la Iglesia Católica y del estado, que analizaron las torturas cometidas por el aparato estatal antes de 1990. Madre (2006) es una relectura de la obra de Brecht, a su vez inspirada en la novela de Gorki, obra que intenta comprender las inspiraciones revolucionarias de un Chile hoy inexistente a través de figuras femeninas. Padre (2006) toma textos de diversa procedencia, pero acentuando los testimonios de los actores y sus relaciones biográficas con sus padres, de modo de entender la relación fracturada entre nuestro país y la figura de autoridad.

Tras la trilogía, Pérez sigue firmando bajo el paraguas de Teatro La Provincia generando un trabajo consistente y estable, que comparte agenda con sus responsabilidades como director de la Escuela de Teatro de la Universidad Mayor (donde reemplazó a Héctor Noguera), como actor en Teatro La Memoria y también como rostro habitual de producciones televisivas. Entre los últimos y aplaudidos montajes de La Provincia se encuentran Violeta: al centro de la injusticia (2008, basada en Violeta se fue a los cielos de Ángel Parra) e Interior (Maeterlink, 2011), con las que se reafirma la opción de la compañía de tender hacia un teatro que rescata la dimensión y validez política de las puestas en escena. 

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