Sombrero Verde

(1993-2005)

“El factor que más determina nuestro trabajo es del actor como eje en la solución de la puesta en escena. Consideramos que la actuación es la base y la esencia para que un texto escrito se transforme en una historia que sucede” (Semler, 1999: 26). Esta declaración de principios es un buen punto de partida para comprender el sentido que Sombrero Verde quería darle a su trabajo y entender la dinámica interna que movilizaba a este grupo de profesionales que basan la filiación a la compañía principalmente en factores de confianza. Actores de gran carácter y enorme talento, compañeros y amigos de muchos años, Semler es acompañado en esta aventura por Boris Quercia, María Izquierdo, Aldo Parodi y Daniel Muñoz, a los que se suman aportes de actores invitados para proyectos puntuales.

Si bien la mayoría de ellos se conoce de la época de estudiantes, el lazo que los determina se genera en la puesta en escena de La negra Ester (R. Parra, 1988), con dirección de Andrés Pérez, donde comparten escena y una mística de trabajo que hubiera sido difícil de construir de otra manera. De hecho, el primer proyecto de Sombrero Verde nace de las amistades y contactos surgidos en la experiencia con Gran Circo Teatro. “Cuando Cuti Aste y Álvaro Henríquez nos invitaron a almorzar con don Roberto Parra, para que nos contara o nos leyera El desquite, supimos que nos atraparía el proyecto” (Izquierdo: 12). Efectivamente, Parra se había hecho la idea que Willy Semler debía interpretar a don Pablo en esta compleja revisita del melodrama con características chilenas. Era el año 1993 y resolvieron pedirle a Andrés Pérez que dirigiera el montaje, quien con una completa agenda y viajando constantemente, logra coordinar un espacio con Sombrero Verde, cuyos integrantes también participaban de varios proyectos simultáneos.

Les toma  casi dos años estrenar la obra, para la que convocan a la joven Carola Gimeno, ex alumna destacada de Semler en la Escuela de Teatro UC, para interpretar a Anita, la protagonista. Los ensayos fueron largos y durante el proceso Roberto Parra fallece, dejando al grupo con una sensación de deuda y responsabilidad, en medio de un proceso que constantemente se llenaba de dudas: “tardamos seis meses en dibujar el mapa de la intrincada historia, sin contar con que ensayábamos en una pequeña, pero muy pequeña, sala de la Estación Mapocho, que no se parecía en nada al espacio que supuestamente sería el escenario” (Izquierdo: 13).

Estrenada en septiembre de 1995, la metáfora de Chile alcanzada por El desquite es notable, partiendo por la utilización de un espacio escenográfico –a cargo de Juan Carlos Castillo- largo y angosto, “una verdadera geografía física y espiritual del país” (Celedón: 11); las capas de análisis se multiplican atravesadas por la compleja mixtura entre la osada simultaneidad de planos y el redescubrimiento de una chilenidad patronal que nos define profundamente. Aplausos y lleno total, El desquite se transforma en la obra de referencia de la temporada y giran por el extranjero mostrando un Chile que se debate entre el reencuentro y el ánimo de revancha.

Hacia 1997, Sombrero Verde vuelve a estar en la primera plana de la cartelera nacional al estrenar una impecable versión de La maratón (Confortes) dirigida por Semler, donde la máxima expresada por el director, y que abre este perfil, se cumple a cabalidad. Los actores Quercia, Parodi y Muñoz entregan una clase de teatro y de humanidad, al acercar a nuestro país esta propuesta francesa, rescatando lo más esencial del fracaso humano, de la lealtad, de la absurda competencia que se genera en la sociedad parodiada por el texto.

Asociados con la productora Caioia Sota, Sombrero Verde abre en 1998 el Teatro del Puente, ubicado precisamente en un antiguo puente de fierro sobre el río Mapocho en Santiago, frente al Parque Forestal. Es el nuevo centro de operaciones de la compañía, lugar donde estrenan Los bufones de Shakespeare (creación colectiva a partir de textos de Shakespeare, 1999); pero además, lo transforman en un espacio de gran movimiento teatral y acogida para compañías jóvenes o figuras emergentes. En 2005 abandonan el lugar tras una serie de largas y desgastantes disputas con el municipio, lo que significa un duro golpe que los deja agotados. Pese a estar unidos por una profunda amistad, los integrantes de Sombrero Verde arrastran diferencias derivadas de los años que llevan trabajando juntos, lo que finalmente terminan por distanciarlos del proyecto de compañía; por otra parte, cada uno de ellos se va reinventando en su oficio, desarrollando nuevas perspectivas creativas que desarrollan en otras instancias teatrales del país.

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