Compañía Escuela Teatro Q

1983-1992

Juan Cuevas y María Cánepa, a fines de los años 70, realizan los talleres: “Expresión a través del Teatro”.  La necesidad de continuidad de los jóvenes después de terminados los talleres, hace replantear a Cuevas y Cánepa, la posibilidad de crear un nuevo espacio más estable y duradero. Así nace la Compañía Escuela Teatro Q, proyecto teatral y educativo de la década de los 80, movilizador de una generación de jóvenes aficionados que asumen el teatro como un desafío profesional.

A la dirección artística y educativa que asume Juan Cuevas, se suman importantes referentes del teatro nacional como: Héctor Noguera (profesor de expresión corporal); Sergio Pineda (profesor de teoría del teatro); Carlos Figueroa (profesor de diseño e iluminación) y María Cánepa, quien se encarga de la línea vocal. Con una importante y destacada planta de profesores, todos los cursos se enfocan en la preparación del montaje final.

La Escuela Teatro Q realiza una de sus primeras obras, basándose en la vida de Santa Bernardita de Lourdes, quien señala: “Mientras más sencilla se escriba la obra de Lourdes será mejor. A fuerza de adornar las cosas, se las desfigura”[1]. Las palabras de Bernardita son asimiladas por parte de la compañía, como un mantra de sabiduría, adquiriendo la sencillez y humildad como parte de su poética.

El trabajo colectivo es uno de los pilares, un modelo de Escuela-Compañía horizontal, sin protagonistas, que se fortalece desde el vínculo entre sus pares, como lo señala Juan Cuevas: “había necesidad de recursos, por lo que estos eran generalmente suplidos por los mismos actores y sus propias capacidades, aumentando la creatividad y trabajando más con los seres humanos que con las cosas; eso sí que fue una opción” (Cit. en Jiménez, 39). La realización de un proyecto colectivo y popular en la década de los ochenta es una difícil travesía, que Teatro Q asume con certeza.  

Sin duda, la situación política de Chile marca las decisiones de la Compañía. La represión y la censura, los obliga a enfocar su trabajo con nuevas estrategias, uno de sus  objetivos es: “sobreponerse creativamente a la adversidad, siendo estos “hechos adversos” un material importante de inspiración” (Jiménez, 127).

En un comienzo trabajan en un galpón abandonado del barrio Quinta Normal, pero por problemas municipales dejan el recinto para instalarse en un teatro del barrio Franklin. En ambos lugares se genera una complicidad con el entorno, haciendo partícipe a la comunidad que les proporciona apoyo y reconocimiento, llegando a tener más de 400 personas por función.

En sus primeros trabajos: Bernardita (1983), Los jueces y los reyes (1984), sus puestas en escena ocupan un espacio teatral convencional, que, en montajes como Cada niño una historia (1984) o Romeo y Julieta (1987),se irá liberando de las estructuras tradicionales, enfatizando la relación y cercanía con el público. Los actores comienzan a intervenir diferentes espacios, utilizando el frontis de una iglesia o una plaza de juegos. Los niños que acompañan a los actores, recitan junto a ellos los textos de la obra, participando de forma activa en cada función.   

 


[1] Recorte de prensa diario Mundo Diners Club Número 19/Junio1984/Año II por Luisa Ulivarri. En  Jiménez, 63

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