Mimos de Noisvander

(1950-1990)

Enrique Noisvander es el principal representante del arte de la pantomima en Chile. En sus inicios estuvo vinculado al maestro Alejandro Jodorowsky, para luego trazar un camino independiente anotando un sin número de sonoros éxitos de taquilla en sus 40 años de trayectoria.

Tras un comienzo irregular, hacia 1956 consolida un equipo de trabajo medianamente estable, lo que coincide con sus primeras temporadas. Recuerdos de mi niñez (1957) es el primer gran éxito del grupo. Los premios y giras internacionales los hacen crecer como colectivo, lo que deriva  en una necesaria renovación de integrantes. El liderazgo de Noisvander se asienta y comienza a perfilarse como un formador de talentos en esta disciplina.

A comienzos de la década de 1960, junto a Jaime Schneider, Rocío Rovira, Eduardo Stagnaro y Oscar Figueroa, inicia  el proceso “de profesionalización”, que implica la dedicación exclusiva al grupo. Durante un par de temporadas conjugó las labores del colectivo con el TET (Taller de Experimentación Teatral), del Teatro de Ensayo de la Universidad Católica -renovando su perspectiva artística- y con trabajos en televisión, a finales de la década del sesenta, con lo que logra una base económica impensada. Esta década es clave en el posicionamiento definitivo de la compañía, con montajes de gran éxito como Historias de amor y Cataplum, o de cómo aprendí a reírme de la historia y a no tenerle miedo a los bandidos. La década del setenta prometía buenas recompensas para los mimos, quienes estrenan en 1971, con el éxito acostumbrado, Adiós papá.

En 1972 cumplen el sueño de abrir una sala propia, el futurista teatro Petropol en el barrio Lastarria de Santiago, logrando la consolidación definitiva; en noviembre del 72 estrenan Educación seximental, uno de los mayores éxitos logrados por la compañía y que al mes siguiente recibe el premio anual del Círculo de Críticos de Arte. Los Mimos de Noisvander tuvieron la capacidad de sortear  la crisis de 1973 y continúan su trabajo con el estreno de La kermesse (de José Pineda, 1974) y El show debe seguir (1977), entre otras. Sin embargo, el escaso movimiento cultural de esos años hace que la compañía adquiera deudas y finalmente no pueda seguir sosteniendo su trabajo.

Una de las últimas obras de importancia estrenadas por los Mimos de Noisvander fue Las travesuras de Fausto y Mefisto (1981), donde nuevas generaciones se incorporan al elenco.

La historia de Noisvander deja un fecundo legado de discípulos y artistas que se nutrieron de esta disciplina; entre ellos destacan Víctor Jara, Pachi Torreblanca, Francisca Infante, Sergio Gajardo, Claudia di Girólamo y Mauricio Celedón. Noisvander muere en 1989 dejando muchos herederos, con la certeza de haber hecho un importante aporte al arte escénico nacional.

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